Son las siete de la tarde...
El viento cálido del lugar que antes era un sitio urbano, levanta remolinos de polvo, haciendo más apesadumbrado el paisaje. A lo lejos, los resplandores presagian lo impensado días atrás.
¿Por qué...?
Tal vez mis hijos algún día conozcan la respuesta.
Llevo cuanto puedo. Mi mujer arrastra un desvencijado carro que carga a nuestros pequeños. Veo a lo lejos decenas de buitres peleándose por arrancar un pedazo de carne a un animal muerto, posiblemente victima de algún cazador que hasta ayer, cazaba por diversión.
Tengo miedo de la noche. Tengo miedo de no ver el amanecer, de correr a oscuras buscando un refugio invisible.
Y los resplandores que se acercan... Siento los temblores de la tierra, resquebrajándose de a poco, haciéndonos huir desesperadamente hacia cualquier lado, implorando una salida que no encontramos. Y nos abrazamos, llorando y gritando un grito que nadie escucha, ni nosotros siquiera.
¿Por qué pasó...?
Apenas veinticuatro horas atrás estábamos en casa, con los niños corriendo en el patio, haciendo planes de futuros soñados. Pareciera que fue hace un siglo, y solo pasó menos de un día.
Eran casi las tres de la mañana cuando nos despertó la luz cegadora en el horizonte, seguida por un temblor helado. El hombre en la televisión nos informaba sobre algo no identificado que estaba cayendo sobre la ciudad.
Todavía no sabíamos que sucedía...
Decían que era un cometa... o un meteorito; otros, que eran bombas, que nos estaban atacando.
Hoy ya no importa. Busco en mi pequeña radio alguna voz tranquilizadora y apenas escucho un ruido desparejo que me dice que estamos solos. Se que huimos a ningún lugar, tratando de mantener una luz de esperanza en mi rostro, aferrándome a mi familia, escapando a través de este desolado desierto iluminado por los malditos resplandores, cada vez más cercanos...
Freddy Pérez
miércoles, 27 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario