miércoles, 27 de agosto de 2008

Vida argenta

A la tarde, alrededor de las siete, se acostó en su sucia y desordenada cama, todavía con su ropa ensangrentada y atónico por lo que pasó. Su madre, exigiendo una explicación por la sangre en su ropa, le gritaba con su bebe en sus brazos, que no paraba de llorar, sin lograr afectarlo en lo mínimo.
Ahí se quedo, tendido en la cama, con la ropa llena de sangre, el chico de 17 años, que esperaba despertarse, con la esperanza que fuese una pesadilla lo que ocurrió ese día, mientras lentamente perdía el conocimiento.

Pasaron tres años para él eternos, en el instituto donde el juez sugirió que pasara los días el chico, por lo menos hasta que lo encontraran “mentalmente sano”. Todavía escucha cuando duerme los desesperados gritos de esa desesperada mujer, que pedía ayuda por el joven. Mientras sueña, él se recuerda parado atontado en la calle con un cuchillo lleno de sangre en una de sus manos, mirando al joven ensangrentado que se parecía a él, al frente suyo, tendido en la calle, sin moverse.
Todas las noches antes de acostarse, espera recordar en alguno de esos sueños la razón por la que se ve en esa situación, el motivo por el que hizo lo que parece que hizo. Pero es inútil, todo lo que recuerda es eso, él parado ahí.

Fue entonces una mañana, cuando dejó caer un vaso de vidrio al suelo y algunas astillas penetraron en sus descalzos pies, que al ver fluir su sangre en el suelo empezó a sentir unos intensos dolores en su cuerpo, justo en donde descubrió una serie de cicatrices, que abarcaban desde su abdomen hasta su pecho, algo así como cortes. Entonces entendió todo, y dejo atrás su locura.
Recordó su cansancio, estaba harto de limpiar los zapatos de gente que era mejor que él, cansado de tanta mierda, recordó esa pequeña voz en su cabeza que le decía “hasta cuándo…”. El pobre argento no quería seguir viviendo como una miseria, ni tener que soportar cada mañana los incoherentes gritos de su madre y los hartantes llantos de su pequeña y enferma hermanita. Hasta que por fin, recordó el momento exacto que quería encontrar, recordó que el chico tendido en la calle no era solo parecido a él, se vio él mismo en el asfalto.

Al ir pensando cada cosa que debía hacer para salir de ese instituto, se dio cuenta que no merece volver a presenciar eso, vivir así hasta que vuelva a enloquecer y termine por matarse… de alguna forma su locura, su cansancio, le cambió la vida. Nada mejor que continuar en ese lugar; no tendría que embarrarse las manos para que le dieran de comer o un sitio para dormir, no tendría que ver todos los días las mismas atrocidades… a pesar de estar encerrado, tendría una vida mejor que afuera, ese sería su mundo. Fue así como llego a la conclusión de quedarse, de hacer de cuenta que todo sigue igual.
Después de su locura, ese fue su segundo error.

Cuando las cosas nos parecen demasiado complicadas o duras, algunos preferimos encerrarnos en nuestros mundos, a que vivir en uno verdadero.

Santy Pérez

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